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CONSUMO DE ALCOHOL EN MENORES DE 18 AÑOS EN COLOMBIA Estudio en siete capitales y dos municipios pequeños |
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| Augusto Pérez Gómez, Ph. D. y Orlando Scoppetta Diaz-Granados, M. Sc. | |
| Bogotá, 2009 |
| Tabla de contenido |
| Factores relacionados con la intención de consumo | |
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La intención de consumo se encuentra enmarcada dentro de un gran universo constituido «por las creencias que se tienen frente a las drogas, actitudes, normas interiorizadas, valores e intenciones que se tengan sobre las distintas drogas y que en última instancia van a ser predictores de la experimentación, de su posterior consumo o abstinencia» (Becoña, 1999; p. 288). Por lo tanto el que un joven tenga una baja percepción de riesgo, actitudes favorables hacia el consumo, una baja influencia normativa, creencias o imaginarios que justifiquen el consumo de sustancias psicoactivas y una débil formación en valores, anticipan el consumo de esas SPA, incluidos el alcohol y el cigarrillo.
A. Percepción de riesgoLa percepción de riesgo es entendida como el nivel de identificación que hace una persona de los peligros potenciales de llevar a cabo una conducta, en este caso de consumir o no algún tipo de sustancia psicoactiva. Se piensa que tal percepción de riesgo en los jóvenes ha venido disminuyendo en el caso de algunas SPA (Becoña, 2002; González y Moncada, 2003); en ese sentido el consumo o no consumo es considerado como una relación inversamente proporcional, ya que a menor percepción de riesgo mayor probabilidad de consumo y viceversa. Usualmente las personas toman decisiones a partir de las consecuencias positivas que van a recibir y evitan las consecuencias negativas que obtendrán (Martínez, 2006). Pero los altos índices de consumo en nuestro país y los programas de prevención de muy bajo impacto hacen que esta percepción de riesgo sea bastante baja, y como asegura Calafat (2001) «la falta de temor a las consecuencias derivadas del uso de sustancias anticipan el uso posterior de ellas». Igualmente las representaciones o creencias construidas socialmente acerca de las drogas, la aceptación social del consumo de ciertas sustancias, el consumo de los amigos, las expectativas frente a ellas, las experiencias pasadas, la normalización del consumo, las conductas de riesgo y la obtención de placer facilitan la baja percepción de riesgo. Autores como Graña y Muñoz-Rivas (2000) y Muñoz-Rivas y Graña (2001), que van en una dirección muy similar a la de Hawkins, Catalano y Miller (1992), sostienen que existen variables relacionadas con el consumo de drogas que tienen pesos relativos diferentes y que pueden tener una fuerte influencia en los adolescentes; ellas son:
La valoración cognitiva que el sujeto otorgue a ciertos aspectos relacionados con el consumo y su estilo de vida, determinarán no solo el inicio sino el mantenimiento del uso del alcohol y otras drogas.
B. Actitudes favorables hacia el consumoSabemos que las actitudes y las expectativas que tengan los jóvenes hacia la experimentación con sustancias legales e ilegales pueden ser tomadas tanto como factores protectores como factores de riesgo. Cuando se habla de actitudes, se refiere a la valoración de la droga como algo favorable o desfavorable para el propio sujeto; cuando esta es favorable se convierte en un fuerte predictor del consumo y a esta actitud se puede llegar por el modelado o ejemplo actitudinal de los padres o familiares, así como por el grupo de pares que con dicha actitud aumentan la probabilidad de consumo (Becoña, 2002). Se ha hallado un estrecho vínculo entre las actitudes favorables y de rechazo hacia las drogas y la conducta de consumo (Botvin y Botvin, 1992), pues se constata que aquellos individuos que abusan de las drogas tienen unas expectativas diferentes de los no consumidores respecto a la experimentación: los usuarios reelaboran las percepciones de riesgo y valoran las consecuencias positivas del consumo de drogas. En definitiva, tanto las variables cognitivas como las actitudes (Ballester, Gril y Guirado, 2000; Moral, Rodriguez y Sirvent, 2004), las emociones, los valores (Bolinches, de Vicente, Reig, Haro, Martinez-Raga y Cervera, 2003) y las distorsiones en la percepción de riesgo (Castellana y Llado, 1999) son también determinantes del consumo (Secades y Fernández, 2003). Esto factores también fueron identificados como determinantes en el estudio realizado por Trujillo, Foros i Santacana y Pérez Gómez (2007) en un estudio comparativo de adolescentes de Barcelona y Bogotá. Las actitudes hacia las drogas también son consideradas moduladoras del consumo, de modo que los adolescentes que abusan de las drogas «iniciativas» y los consumidores de drogas ilegales tienden a mostrar actitudes más permisivas (Moral y Ovejero, 2003); se ha llegado a la conclusión que tales diferencias actitudinales se asocian a varios factores como la manifestación de crisis de identidad por las cuales pasan todas las personas en la adolescencia (Kloep, Hendry, Ingebrigsten, Glendinning y Espness, 2001), desajustes socio comportamentales y búsqueda de atención del grupo de iguales (Chassing, Presson, Sherman y Margolis, 1988; Chassing, Presson, Sherman, McLaughlin y Giorgia, 1985), la insatisfacción hacia el ámbito académico, el absentismo escolar (López-Frías, Fernández, Planells, Miranda, Mataix y Llopis, 2001) junto con la falta de apoyo y desestructuración familiar (Martinez, Fuertes, Ramos y Hernández, 2003; Muñoz-Rivas y Graña, 2001; Tarter, Schultz, Kirisci y Dunn, 2001; Secades y Fernández, 2003). Según Moral, Rodriguez y Sirvent (2006), al realizar un análisis sobre las variables más relacionadas con el consumo juvenil de alcohol y otras sustancias psicoactivas, las actitudes hacia la experimentación y actitudes favorables, se encontró lo siguiente:
Con base en lo anterior sabemos que la percepción de riesgo está estrechamente ligada con la actitud favorable hacia el consumo posterior de drogas (Becoña, 2002; Calafat, 2004), y por ende tenemos que ver cuáles son los procesos a los cuales se atribuye el cambio de actitudes con el fin de orientar y sugerir un adecuado trabajo preventivo y de este modo entender la dinámica que se maneja en el consumo de alcohol y otras sustancias psicoactivas. Estos procesos son:
Se puede entender entonces, que el verdadero trabajo preventivo incluye modificación de actitudes, desmitificación de las creencias que giran en torno al consumo de alcohol y aumento en la percepción de riesgo e influencia normativa.
C. Influencia normativaCuando se habla de influencia normativa, se está haciendo referencia a la percepción que tiene el sujeto sobre lo que piensan personas o instituciones significativas con respecto a que realice o no determinada conducta; es decir, que si el joven cree que el llevar a cabo un comportamiento conducirá a unos resultados que él mismo valora de forma positiva, si hay facilidad en el control de la ejecución de la acción, si se presentan de pocos obstáculos y además cree que las personas a las que respeta y cuyo criterio tiene importancia para él piensan que debería llevarlo a cabo, entonces habrá muchos facilitadores para ello (Teoría de la conducta planificada, Martinez, 2006) Es importante no perder de vista que definitivamente la familia, la escuela y el grupo de amigos son los tres actores más importantes para regular la conducta del joven. El establecimiento de una influencia normativa adecuada sólo se logra a través de la creación y el cumplimiento de normas claras por parte de dichos actores; tales normas deben garantizar un actuar responsable en el adolescente y manifestar explícitamente el rechazo a ciertos aspectos que usualmente son considerados como inaceptables por la sociedad en general, como lo es el consumo de sustancias.
D. Imaginarios sociales y su relación con mitos percepción de riesgo y actitud hacia el consumoLa noción de representación social considerada por Jodelet (1993) implica el compromiso de dos elementos fundamentales, el psicológico o cognitivo y el social, ya que el conocimiento se constituye a partir de las experiencias propias de cada persona y de las informaciones y modelos de pensamiento que construimos a través de la sociedad; las representaciones sociales surgen como un proceso de elaboración mental e individual en el que se toma en cuenta la historia de la persona, su experiencia y sus construcciones personales propiamente cognitivas (Banchs, 1991). Algunos imaginarios son transmitidos por la conversación entre amigos y conocidos, al igual que por los medios de comunicación, lo que a su vez proporciona a las personas nuevos elementos de conocimiento, imágenes y metáforas que son «buenas para pensar», pero que no son necesariamente verdaderas en el sentido estricto del término (Billing, 1993; Wagner, Lahnsteiner y Elejabarrieta, 1993). De esta manera, las creencias se construyen socialmente y se difunden convirtiéndose en parte de un discurso social, que en el caso de las drogas muchas veces termina legitimando el consumo de las mismas (Martinez, 2006). |
El conjunto de creencias que muchas veces tienen las personas acerca de la salud y el consumo se encuentra estrechamente relacionado con la actitud positiva o negativa hacia el consumo. Algunas de las creencias y expectativas frente al consumo de alcohol y otras sustancias implican que ello facilita la integración social, la expresión de los sentimientos, desinhibe la conducta, incrementa la respuesta sexual, reduce la tensión física y psicológica, aumenta la agresividad y los sentimientos de poder, y aceptación en el grupo de pares. (Mora y Natera, 2001). Otros imaginarios como el de que «consumir drogas y alcohol es una experiencia agradable», junto con la creencia de que las drogas hacen olvidar los problemas suelen ser ideas frecuentes entre la población juvenil. Muchas de estas y otras creencias parecen ir acompañadas de una infravaloración o desconocimiento de los peligros para la salud y que son atribuidos a las drogas (Ortega, Mínguez y Pagan, 1993). Curiosamente, en este estudio el sexo parece tener algún tipo de relación con ciertas actitudes: por ejemplo, las mujeres consideran en un mayor porcentaje que los hombres de que las drogas perjudican la salud. Sin embargo no hay muchos estudios que exploren esta relación. Sierra, Pérez, Pérez y Muñoz (2005), en un estudio de adolescentes escolarizados de escasos recursos económicos, encontraron que la sustancia de mayor popularidad entre los jóvenes es el alcohol; que en la gran mayoría de los casos es introducida y ofrecida por primera vez por los padres o familiares. Muchos jóvenes asocian los efectos positivos al entretenimiento y recreación, pero también a las consecuencias físicas de su ingesta: la experiencia placentera del alcohol se relaciona con el cambio en la percepción de la temperatura corporal y con el cambio sensorial que se experimenta cuando el alcohol ha hecho efecto pero todavía no se ha consumido mucho. Por otro lado, los jóvenes piensan que «los borrachos siempre dicen la verdad» y que lo bueno del alcohol es que «lo vuelve a uno sincero» y le permite desahogarse, al mismo tiempo que permite el diálogo. Por otra parte, también hay discursos sobre los beneficios que éste trae para el organismo bajo «ciertas circunstancias». De acuerdo con un muchacho de 17 años, «es que una copita en la mañana es saludable, ayuda para el organismo, entonces desde que se trate más que todo de sentirse bien sin ir a emborracharse, ni cambiar de personalidad, sentir lo delicioso que es y, pues, estar alegre, no creo que sea malo, ni exagerado». Pero incluso cuando las personas no encuentran el tomar alcohol placentero, otros factores estimulan su consumo. Uno de los más importantes es porque «todo el mundo lo hace», otro es porque logra distraer a la persona de sus preocupaciones y otro es que el alcohol «tranquiliza» y permite «pensar mejor». Todos estos factores, adicionalmente al hecho de que su consumo es legal para los mayores a 18 años y su uso frecuente en el medio, podrían hacer pensar en la banalización de su consumo por parte de los menores de edad. Algunos jóvenes no pensaban que el alcohol fuera una droga hasta que así se presentó dentro del grupo focal. En este sentido, los aspectos negativos del alcohol no se asocian con la sustancia sino con el exceso de su consumo y para la gran mayoría de los jóvenes el alcohol es una sustancia que se puede controlar. En este grupo, beber alcohol en la juventud también se relaciona con un comportamiento «obligatorio» en una etapa de la vida, sin el cual piensan que se han perdido de algo (p. 354). En síntesis, el estudio de Sierra, Pérez, Pérez y Muñoz (2007) mostró la existencia de diferencias en las representaciones sociales que tienen los jóvenes consumidores y no consumidores, en relación con el alcohol, las drogas y su uso. Así, lo que los jóvenes piensan, entienden o interactúan con relación a las drogas se da a través de algunas representaciones sociales básicas: los efectos que se les atribuyen a las drogas, la percepción de peligrosidad de las mismas, la percepción de normalidad o no de su consumo, el imaginario de control del consumo; y asociado a éste, el tipo de consumo de la sustancia que se lleve a cabo. Dependiendo de si se es consumidor o no, los jóvenes mantienen una posición a favor o en contra. Siendo así, la evaluación de las anteriores representaciones en un joven podrá determinar con buena posibilidad de predicción la «dirección» de su conducta de consumo. Es importante considerar que según los resultados del estudio, las representaciones sociales varían según la droga en exploración. Mantener estas diferencias claras es importante en el momento de planear las estrategias de prevención. Y en el caso que nos ocupa, las representaciones sociales favorables al consumo de alcohol son las más notables. Para terminar, se plantea que el conjunto de creencias respecto del consumo se encuentran estrechamente relacionadas con la actitud positiva y/o negativa hacia el consumo; si las expectativas de los adultos son positivas se aumenta la probabilidad de que los jóvenes adopten estas mismas creencias, generando una mayor exposición a situaciones de abuso. (Carmona y Chávez, 1991)
E. Los valoresLa formación en valores es un elemento muy importante dentro de la educación de los jóvenes pues estos, si son transmitidos adecuadamente por los adultos, pueden llegar a ser un factor protector bastante fuerte. Moreno (2006) sostiene que la educación en valores parece ser una de las claves para lograr un desarrollo adecuado tanto de actitudes como de conductas preventivas; igualmente explica cómo las actitudes permisivas favorecen el consumo de alcohol por su papel de facilitadoras sociales. Los valores como el «poder» --entendido como una forma de buscar estatus, recursos, prestigio, control sobre las personas-- influyen de manera positiva sobre el adolescente. Igualmente valores de estimulación (búsqueda de excitación, de novedad y de cambio) y seguridad (preservar la estabilidad de sí mismo y de la sociedad) influyen fuertemente a la hora de tener una actitud permisiva hacia el uso de alcohol. El valor conformidad (control de los impulsos y del propio comportamiento de acuerdo a las normas y expectativas sociales) influye negativamente sobre ambas actitudes (Moreno, 2006). Se encontró también, que los alumnos con actitudes hedonistas (cuya meta es la búsqueda de placer y gratificaciones sensuales) tienen actitudes más favorables hacia el consumo. Sin embargo hay algunos valores que se destacan en el estudio realizado por García, López y Quiles (2006), que establecen toda una gama que los autores consideran como los más importantes para los jóvenes:
Una anotación importante que hacen estos autores se refiere a la constante dinámica en la que se mueven los valores, pues estos cambian de importancia continuamente tanto a nivel grupal como a nivel individual; por ejemplo, la familia es un valor que cobra más peso a nivel individual que grupal, igual pasa con prepararse para el futuro y el esfuerzo personal. En conclusión, y a pesar de que no son muchos los estudios realizados respecto a la relación entre valores y consumo de alcohol en los jóvenes, parece ser que los valores de tipo idealista como libertad, capacidad de elegir, construcción de la propia realidad, independencia y amistad, se hallan en el primer lugar de importancia. Los valores altruistas se ubican en un segundo lugar en el universo valorativo de los jóvenes, pero al ubicarlos en la perspectiva del grupo, pasan a ocupar el último lugar.
F. Razones y principales motivadores de consumoExiste una gran variedad de razones por las cuales se establece el primer contacto con el alcohol y otras drogas; muchas de ellas mantienen el consumo y responden a un amplio patrón conductual en el que se integran actitudes, búsqueda de sensaciones, crisis en la identidad psicosocial, motivaciones hedónicas, imperativos grupales, tendencias socioculturales y otros factores coadyuvantes (Carballo et al., 2004; Ellickson, Tucker, Klein y McGuigan, 2001; Espada, Méndez, Griffin y Botvin, 2003; Hombrados y Domínguez, 2004; Jessor, 1992; Minehan, Newcomb y Galaif, 2000; Pérez, Díaz y Vinet, 2005) En este contexto, no se puede dejar de mencionar que algunas de las motivaciones, y quizás las más importantes, que empujan a los adolescentes al consumo de drogas, son la curiosidad y el deseo de vivir nuevas experiencias y sensaciones más fuertes (EDIS, 1984; CIS, 1988; Pérez, 2000 y 2007). Algunos estudios (Elzo, 1984; EDIS, 1984; CIS, 1988) ponen de manifiesto que una de las motivaciones más frecuentemente aducidas para el inicio del consumo de drogas, aparte de la curiosidad y del ansia por tener experiencias nuevas, es la búsqueda del placer y la huída de situaciones personales desagradables. Según el Fondo de Prevención Vial (2006),
La mayoría de los jóvenes que participaron en dicho estudio mencionaron haber consumido alcohol los días sábados (89%); el 76% lo hace los viernes, el 7% dice hacerlo los jueves y al 8% le es indiferente el día, dependiendo de la oportunidad. La frecuencia con que consumen licor también es alta, el 5% reconoce que lo hace dos veces a la semana, el 20% una vez a la semana y otro 20% cada 15 días. Consideran igualmente que la situación en la que les es imposible no tomar son las rumbas, fiestas, encuentros con amigos, fin de semestres o parciales, reuniones familiares. Los sitios escogidos por ellos para tomar son los bares y rumbeaderos y las casas o apartamentos propios o de los amigos. |
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